La Mirada Del Adiós
Por: Mar Dedudas
Me preguntaba cuánto podía aguantar un corazón enfermo.
Te vi de lejos y sostuve la mirada. Tiré los hombros atrás y caminé con paso firme. Sonreí y me acerqué para darte un beso. Puse mi mano en tu hombro y me apoyé en el muro, a tu lado. Empezamos a hablar sin mirarnos, no hacía falta. Tú estabas nervioso y yo sorprendentemente tranquila. 
Tus palabras suenan a hueco y se van con el ruido de los coches. No intento retenerlas, quizá en otra época hubiese deseado que tuviesen eco, que se quedasen, pero ahora les abro la puerta y las invito a salir.
Nuestros hombros se rozan pero no transmiten nada, es como estar junto a un muro de hormigón, frío, pero sobre todo pesado. El tono de tu voz me resulta monótono y a veces no puedo escuchar bien lo que dices.
De repente llega el silencio y lo agradezco.
Decidimos tomar un café y caminamos hasta el primer bar abierto que encontramos, dos cafés, un pasado, ni presente ni futuro. Más palabras huecas y decido mirarte para encontrar a aquella persona que un día fuiste. No te encuentro y caigo en la cuenta de que los ojos que te buscan quizá hayan dejado de ser también los de aquella chiquilla. ¡Qué traicioneros son el tiempo y los recuerdos! De pronto me levanto y pongo la excusa de que debo marcharme. Un abrazo, una sonrisa, un “que te vaya bien”. Y fue ahí, justo ahí cuando te miré de nuevo, me miraste y te encontré, nos encontré y el tiempo me abofeteó.
Caminé hacia la estación, hombros atrás, paso firme, pero el corazón encogido. Hasta siempre.








