Infidelidades
Por Caótica Sigrid
Nunc
a he sido infiel, bueno eso creo, ¿pensar en serlo se considera infidelidad?, yo diría que no. Aunque sí he estado con hombres que eran infieles a sus parejas; no es algo de lo que me guste hablar por respeto y porque no me siento orgullosa de ello.
Sobre todo la primera vez y siendo mucho más joven me sentí especialmente mal, pensando en la tercera persona del triángulo sentimental a la que ni siquiera conocía, pero me di cuenta que a él, Félix, no parecía preocuparle demasiado el hecho de estar engañando a su novia. Bajo mi punto de vista era un profesional del engaño y o su novia Sofía era demasiado ingenua o andaba por ahí haciendo lo mismo. Aún así tan sólo formé parte del triángulo poco más de un mes.
Pasado el tiempo sé que si no hubiese sido yo la tercera persona en discordia, Félix hubiese escogido otra, de hecho, seguro pasaron por mi lugar.
Hasta hace poco estuve en otra relación triangular. Felipe decía que su vida era monótona y aburrida y que yo era su diversión. Nos encontrábamos muy esporádicamente, lo pasábamos bien, sin compromisos, sin explicaciones. Era emocionante planear todo al milímetro y esperar cada encuentro. Él afirmaba que era la primera vez que hacía algo así, aunque yo nunca le creí. Tras ocho meses me di cuenta de que esa relación no iba a ningún sitio, y que ya estaba cansada de esconderme. Supongo que también él habrá encontrado ya a otra para completar su triángulo.
Veo infidelidad en cada esquina, tengo amigas que son infieles a sus parejas y continuamente hay matrimonios separándose por infidelidades. ¿Tienen el amor, la lealtad, la sinceridad y la fidelidad fecha de caducidad?
También estuve en una ocasión, que yo sepa claro, quizá sean más, en el otro lado. Fui la engañada. Una noche en la que Fran salió con sus amigos, creyendo él que yo estaba en mi casa, llevó a una chica a su apartamento. Mientras, yo había salido con Lourdes a tomar unas cervezas y en lugar de irme a mi casa de madrugada decidí utilizar mi llave de casa de Fran para hacerle una visita nocturna, y sí señor, la sorpresa me la llevé yo. Fue doloroso, me sentí humillada. Creo que ahí fue cuando me cayó la venda de los ojos y me di cuenta de cómo funcionaba el mundo. Le perdoné, pero ya no pude volver a fiarme de él.
Desde entonces decidí que mientras yo fuese libre y no tuviese que dar explicaciones a nadie, no debía sentirme culpable por mis acciones, pues no soy yo la que debe dar explicaciones a nadie, y allá cada uno con su conciencia.








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