El Baúl de los Recuerdos
Por Ximena Cualquiera
Mi abuela murió hace un año. Era una mujer fuerte e independiente. El Alzheimer se llevó primero sus recuerdos y luego su vida a los 91 años.
Yo crecí en su casa. Salía de clase y comía con ella. Por la tarde veíamos juntas la novela. Vivíamos puerta con puerta y teníamos contacto diario. Pero, en el fondo mi abuela era una gran desconocida.
Enfermera de profesión quedó viuda con 22 años, sólo un año después de casarse con mi abuelo y con una niña de poco más de un año. Nunca fue la misma, no se volvió a enamorar. Quedó traumada puesto que a mi abuelo lo mataron en la guerra y el tema era totalmente tabú en la casa.
Todo lo que yo sabía de mi abuela venía de mi madre, que creció con muy poca información al respecto, y de mis tías abuelas que me mostraban algunas fotos y me hablaban de cómo era mi abuela durante sus años felices.
Fui creciendo y frecuentando menos a mi abuela. Me resultaba incómodo ir a visitar a una mujer que veía sólo el lado negativo de las cosas. Nunca le gustaba mi peinado, ni mi ropa, ni lo que estudiaba… cuando salía de su casa acababa contagiada de su negatividad.
Su enfermedad evolucionó muy rápido, sólo pasaron dos meses desde que se lo diagnosticaron hasta que murió. En ese tiempo tuve una reacción que creo es muy humana. La visité cada día, obsesionada con que no me olvidase, y nunca lo hizo, olvidó quién era mi madre, olvidó a sus amigas, olvidó muchas cosas pero nunca falló al llamarme por mi nombre.
En esas visitas le hablaba de mí y de mi vida de adulta. Cosas que creí no le interesaban o no iba a darme su aprobación. Y ella, me escuchaba creo, porque en sus últimos días su mente se ausentaba y nunca tenía la seguridad de que estaba conmigo.
Pasado unos meses de su muerte empezamos a organizar sus cosas. Tuvimos que destapar el baúl de los recuerdos. Encontramos fotos que nunca habíamos visto y la correspondencia que ella y mi abuelo intercambiaban de novios. A través de sus recuerdos empecé a conocerla un poco más, a conocer su pasado, a entender su amargura.
Llevé algunas de sus cosas a mi casa, para tenerla presente, para que me proteja; mezclé mis muebles modernos con los suyos antiguos, dos generaciones muy diferentes en perfecta armonía.
Y la echo de menos, cada día.








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