Por: Mar Dedudas
Ayer mis amigas vinieron a visitarme. Cuando abrí supe rápidamente que no era una visita casual, sino totalmente
planeada.
Saqué un aperitivo y unas cervezas mientras nos poníamos al día. Tras las cervezas llegaron las copas y cuando vieron que mi nivel de alcohol en sangre había llegado al límite entre “estar a gustito” y “empezar a estar borracha” desvelaron el motivo de su visita. Las tres habían estado hablando de mi y mi situación con Guillermo.
Al principio me molestó un poco el acoso, pero las escuché, busqué mil excusas para justificar mi comportamiento, y lo que aún es peor, el de él. En el fondo sabía que tenían toda la razón. Estaban aterrorizadas de ver lo feliz y eufórica que estoy y temían ver cómo tropiezo de nuevo. Y tenían toda la razón. Veinticuatro horas después tropecé.
Guillermo está casado desde hace dos años. Hace cuatro meses empezamos un juego peligroso y sin retorno. Yo soy una mujer libre que no tiene que dar explicaciones a nadie, pero aún así, no estoy orgullosa de esta situación. Cada día es una incertidumbre, a veces estamos genial, otras el remordimiento, las inseguridades y la conciencia ganan la partida. Y aquí, la única que tiene algo que perder soy yo.
Es asombroso cómo somos capaces de arreglar la vida de los demás a base de consejos y lo difícil que nos resulta ver nuestros propios asuntos de una forma objetiva, desde la distancia. Nos frustramos cuando tenemos la solución a las desgracias de los demás y nos desesperamos al ver cómo ellos se sienten en un laberinto sin salida. Pero cuando estamos nosotros en el laberinto, ni con un GPS somos capaces de orientarnos. Y en cuanto más enredado está el laberinto, más vueltas nos empeñamos en darle.
En ese preciso instante es cuando mis amigas pasan a la acción y me muestran una salida, una puerta trasera que te asegura la escapada de una forma sigilosa discreta, sin hacer más daño del que ya está hecho. Una salida dolorosa claro, pero a estas alturas ya no existe una forma indolora de abandonar el laberinto.
Y ante tanta generosidad, ¿qué hago yo? Negar lo evidente, si no salgo de la espiral que me atormenta es porque no quiero. Y después de argumentar historias que ni yo creo al 100% acabo admitiendo que, una vez más me han roto el corazón, y lo peor, es que incluso yo lo veía venir.









Pero mejor me explico…
